Publicado Por: Kelvin Almeida 27 agosto 2012

No había ninguna necesidad de ir a Punta Cana. Fuimos, sin embargo. Fuimos porque Silvia recordaba esa playa con afecto, la había visitado de niña con sus padres, y porque yo tengo una inexplicable fascinación por todo lo dominicano, algo que vine a descubrir hace años, cuando era joven y viajaba a menudo a Santo Domingo.

Muchas noches prometedoras de mi juventud las dejé extraviadas en algún hotel de Santo Domingo, cerca del malecón, persiguiendo a un amor esquivo, sedado por los ecos de un merengue incesante, repetido hasta el infinito. Algunas de las mejores noches de mi juventud las dejé regadas en los hoteles de Puerto Plata, borracho, bailando solo, buscando una caricia furtiva, un susurro, unas palabras italianas dichas con intención lujuriosa. Yo quería volver a Puerto Plata, Silvia quería volver a Punta Cana, Silvia prevaleció, fuimos a Punta Cana. Yo no conocía Punta Cana, siempre me había tentado más Puerto Plata, Punta Cana me parecía un destino turístico un tanto obvio.

Llegando al hotel, una mujer nos dio la bienvenida y anudó y selló una soguilla negra alrededor de mi muñeca derecha. No fue un buen momento. Me sentí atrapado, una vaca más del ganado. Quise quitarme la soguilla y no pude y se me dijo que solo podría quitármela cuando me retirase del hotel. Ya entonces quería irme, escapar. El hotel me parecía una trampa, un paso en falso, un presidio con fachada lujosa. No podía quitarme la maldita soguilla para dormir ni para bañarme. No me gusta que me amarren a nada, no me gusta estar atado, apenas me atan ya quiero romper las ataduras, la soguilla, el cordón, y eso vine a recordarlo en Punta Cana, confinado en ese hotel carcelario.

Inquieto por la presencia ominosa de esa cuerda de hilo negro que me reducía a un número de un club selecto o no tan selecto, humillado por ese nudo en mi muñeca, me abandoné al vicio de ver la televisión dominicana, que es una cosa insólita, llena de peligros, algo que nunca deja de sorprenderte y dejarte pasmado o riendo a gritos o enternecido, como si te metieras a un zoológico de noche y vieras en las bestias enjauladas cosas que te recuerdan a ti. De pronto alguien anunció la tormenta tropical, el probable huracán. Trazaron en la pantalla la trayectoria de los vientos y dijeron que la furia de la naturaleza vendría por nosotros, yo lo vi, no lo soñé, vi esa gran bola rojiza moviéndose por el océano, creciendo, acercándose, pasando por encima de nosotros. No puede ser, pensé, veinte años después, viene a buscarme otro huracán. Y ahora no será allá, en la ciudad en la que vivo, será acá, en esta isla a la que imprudentemente he venido a citarme a ciegas con un huracán. No puede ser, veinte años después, otro huracán, de nuevo en agosto, siempre con una mujer, atado por la cuerda de una pasión que no se puede romper.

Di un brinco y dije nos vamos, viene un huracán, acá no me quedo ni loco. Silvia no entendía mi crispación, mi paranoia, le parecía que debíamos tomarnos las cosas con calma y esperar, recién habíamos llegado, cómo íbamos a salir corriendo como un par de chiflados solo porque se había formado una tormenta tropical a centenares de kilómetros de esa playa. Yo no podía quedarme, ya me había quedado aquella vez, veinte años atrás, subestimando los peligros de un huracán, riéndome con aire desdeñoso de las advertencias de los hombres del clima, y luego había sido el caos, no quería asomarme de nuevo a ese abismo, no quería ser otra vez el hombrecillo asustado, metido en el clóset, oyendo cómo se rompen los vidrios y entran el viento y la lluvia a destruirlo todo, incluso el amor.

Caminamos agitados hasta la recepción. Exigí a un joven que me explicase lo que estaba pasando, que me diese respuestas precisas, que me dijese cuándo llegaría el maldito huracán. El joven no entendía nada, me miraba pasmado, no atinaba a dar respuesta alguna, me pedía que me calmase, me aseguraba que él no sabía nada de ningún huracán en ciernes, acechándonos. Ustedes no saben lo que es un huracán, les dije al joven uniformado y a Silvia, que insistían en que yo estaba exagerando. Yo he vivido un huracán y sé que no es broma, yo me voy de aquí en el primer vuelo, grité. Hice algunas llamadas, entré a una página de viajes en la computadora, reservé dos asientos en un vuelo a Panamá y le dije a Silvia nos vamos, ahora mismo nos vamos al aeropuerto y esperamos el vuelo a Panamá, que sale a mediodía. Silvia me miró y asintió, tranquila, ella siempre encuentra la manera de estar tranquila en medio del caos. Volvimos a la habitación y empecé a hacer la maleta y Silvia me dijo por qué no tomas tus pastillas y duermes un rato y yo te despierto para ir al aeropuerto. No, grité, furioso, no voy a dormir, nos vamos ahora mismo, tú no sabes lo que es un huracán, yo he vivido un huracán hace veinte años, tenemos que irnos cuanto antes, créeme, esto es muy serio, si nos coge el huracán en este hotel nos vamos a quedar una semana sin luz ni agua y será el caos, el caos. Silvia, sin embargo, prevaleció una vez más. Con suaves modales, me llevó a la cama, me dio mis pastillas y me durmió, prometiéndome que en unas horas tomaríamos el vuelo a Panamá.

Cuando desperté, ya habíamos perdido el vuelo a Panamá. Prendí la televisión, puse las noticias, vi que la tormenta se había desviado levemente al sur y respiré aliviado. Esperemos un poco, sugirió Silvia, bajemos a la playa, a la noche nos vamos. Y eso hicimos, bajamos a la playa, nos tendimos a la sombra, bajo la mata de un árbol, y esperamos un poco más, a ver si la tormenta se desviaba. Así pasamos tres días, mirando el mar, mirando cómo el viento doblaba y sacudía las palmeras, mirando en la computadora cómo avanzaba la bola rojiza, esperando, postergando la fuga, separando dos cupos en el próximo vuelo a Panamá. Yo quería irme, Silvia quería quedarse, al final nos quedamos, nos fuimos quedando, yo fui cediendo, resignándome, capitulando, muy bien, será como tú quieras, nos quedaremos, viviremos el huracán en Punta Cana, después no te quejes, mira que yo quería irme pero no quiero arruinarte las vacaciones, es el destino, otro huracán veinte años después, cómo es la vida, amor.

Pero el huracán no llegó y todo fue calma, sosiego, paz, el hotel desolado, un viento bienhechor que no llegaba a ser amenazante, y la bola rojiza se tornó naranja y se mantuvo allí abajo, justo debajo de nosotros, raspándonos, arañándonos, insinuándose y a la vez perdonándonos la vida, dándole la razón a Silvia que, tan tranquila, confiada en su instinto, decía soplemos, soplemos y la tormenta se quedará allí abajito. Fueron dos días de calma, de tensa calma, de seguir obsesivamente la trayectoria de una tormenta que al parecer se debilitaba y no quería ensañarse con nosotros. Punta Cana fue entonces lo que habíamos soñado: dos días quietos, perezosos, lánguidos, dos días de silencios prolongados y ningún ser humano en nuestro campo visual, la calma antes de la tormenta, la tormenta que se demora, que no llega, que se desvía.

Hicimos bien en quedarnos, en no salir corriendo. No conviene asustarse y tomar el primer vuelo a Panamá. Quédate quieto, respeta el viento, no intentes romper todo lo que te ata, captura el momento. Unos días más tarde estarás en tu casa y mirarás tu brazo y extrañarás la soguilla negra en tu muñeca derecha: cuando la tenías puesta querías romperla y ahora que ya no está, la echas de menos.

Fuente:http://peru21.pe/impresa/romper-lo-que-te-ata-2039339

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