Publicado Por: Kelvin Almeida 01 febrero 2012

Pensemos en estas situaciones hipotéticas, pero reales:

En Puerto Plata, el piloto de un avión comete un grave error mientras se aproxima para aterrizar en el Aeropuerto Internacional Gregorio Luperón. La nave se precipita a tierra en el complejo hotelero Playa Dorada y el fuselaje de la nave se esparce, destruyendo las instalaciones de varios hoteles.

En Bayahíbe, el ojo de un huracán categoría 5, con vientos de 250 kms/hr. pasa sobre el complejo de hoteles de la playa Dominicus y las ráfagas destruyen los techos de todos los edificios de habitaciones, mientras las lluvias inundan las edificaciones y las crecientes de los ríos Chavón y Yuma destruyen los puentes, dejando a Bayahíbe incomunicada por varias semanas.

En Punta Cana, un barco tanquero cargado de petróleo sufre un accidente mientras navega por el Canal de la Mona y en pocas horas vierte al agua millones de galones de petróleo que son rápidamente llevados por el oleaje a las playas de la zona, ensuciando y dañando cerca de 40 kms. de playas desde Cap Cana hasta Uvero Alto, donde se encuentran las 40,000 habitaciones hoteleras del área.

Los tres párrafos anteriores narran tres hipotéticos hechos que podrían ocurrir en cualquier momento en Dominicana. Lejos de disgustarnos y hasta ofendernos por la dramática y pesimista narración, debemos aceptar que ciertamente estos son riesgos que enfrentan la industria de la hospitalidad, la mas importante de las industrias en Dominicana.

Los riesgos son probabilidades, mayores o menores, de peligros que pueden materializarse en perdidas. En el caso de los hoteles, los accidentes aéreos, los accidentes marítimos y los fenómenos atmosféricos constituyen riesgos que pueden determinar la interrupción parcial o total, temporal o permanente, del negocio hotelero. Y ni hablar de los terremotos.

Si bien es cierto que estos y otros riesgos pueden ser de baja posibilidad, no es menos cierto que cuando se materializan en pérdidas, suelen ser de gran impacto. Pero estos no son los únicos riesgos en la industria de la hospitalidad; hay muchos otros y los puede haber de alta posibilidad y de alto impacto.

Las pólizas de lucro cesante, como también se conocen a las denominadas pólizas de interrupción de negocios, suelen ser costosas y complicadas; pero más costoso para los accionistas y más complicado para las comunidades es tener hoteles cerrados por seis meses, por un año o por siempre, luego de ocurrido un siniestro.

Últimamente el mundo se ha visto sacudido por diversos siniestros que han afectado a diferentes naciones y la industria de la hospitalidad no ha podido escapar a ello. Los terremotos de Japón en Asia y de Chile en Sudamérica son dos ejemplos claros. Y el derrame de petróleo en el golfo de México, que afectó el sur de los Estados Unidos no deja lugar a dudas.

Los mas recientes temblores de tierra originados en territorio dominicano, así como el fatal accidente del crucero de Costa Concordia en Italia deben ponernos a pensar seriamente acerca de los riesgos en la industria de la hospitalidad.

Cuántos hoteles y demás empresas turísticas vieron cesadas sus operaciones y por tanto sufrieron la interrupción de sus negocios en Japón, Chile y el Sur de Estados Unidos debido a estos acontecimientos totalmente ajenos a los accionistas y a los administradores de esas empresas.

Los riesgos pueden materializarse en siniestros que originan perdidas millonarias en cualquier parte del mundo y en cualquier momento. Dominicana no esta exonerada de ello, sobretodo porque estamos en la ruta de los huracanes y sobre diversas fallas tectónicas. El riesgo que representan los huracanes y los terremotos en nuestro país es de altísima probabilidad y de altísimo impacto.

Recientemente el Huracán Irene paso al norte del país y los mayores danos, por inundaciones, se produjeron en el sur del país, en el área mas alejada del trayecto por donde paso el ojo. Y ese mismo Huracán Irene causo grandes inundaciones en New Jersey, afectando a los hoteles y casinos de Atlantic City y algo similar ocurrió con hoteles en el estado de Vermont.

En el año 1998, el huracán George afectó seriamente el resort Casa de Campo. Los techos de cientos de habitaciones y villas volaron por los aires y el complejo quedo bastante destruido. Tres factores fundamentales influyeron para que pocos meses después Casa de Campo reabriera al publico y volviera a operar normalmente y rejuvenecida: la valentía de los propietarios del hotel, el coraje de los ejecutivos que nos encontrábamos al frente de las operaciones y la póliza de interrupción de negocio o lucro cesante que protegía al complejo de los riesgos.

¿Cuántas de las 67,000 habitaciones hoteleras de Dominicana se encuentran cubiertas por una buena póliza de interrupción de negocio o lucro cesante? ¿Cómo enfrentarían los hoteles y los hoteleros en Dominicana el alto impacto de terremotos como los de Japón y Chile, o de huracanes categoría 5, o derrames de petróleo como los del Golfo de México?

Además de apostar a la Virgen de La Altagracia y a las habilidades de dirección del tránsito atmosférico que se le atribuyen al Canal de la Mona, los dueños de las 67,000 habitaciones hoteleras y los demás negocios turísticos anexos y conexos deben hacerse de buenas pólizas de lucro cesante, que les permita reconstruir y reabrir en el menor tiempo posible, luego de transcurrido cualquiera de los siniestros que constituyen verdaderos riesgos directos de alta probabilidad e impacto.

No repitamos el penoso caso de las ruinas del Hotel Costalinda que durante años devaluó el destino Juan Dolio.

Fuente: Diario Libre

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