Publicado Por: Kelvin Almeida 07 abril 2008

Vivir en una ciudad como Puerto Plata, una ciudad pequeña, multicultural, un lugar elegido por muchos extranjeros como residencia temporal o de retiro, uniendo eso a trabajar en la empresa líder en el pequeño mercado de las ventas y soporte de computadoras de la ciudad te permite desarrollarte o navegar en un ambiente especial.

Durante este tiempo, he podido conocer un sin numero de personas de todas partes del mundo; rusos, alemanes, italianos, hindúes, checos, suizos, franceses, cubanos, peruanos, canadienses y lógicamente estadounidenses, entre otras nacionalidades, donde la mayoría de estos viven de manera definitiva en la ciudad. Cada uno de ellos tiene su propia visión del país, algunos se quejan de cuan difícil es resolver asuntos que en sus países tienen una solución sencilla y aquí es todo una complicación, en cambio otros se adaptan totalmente a nuestro estilo de vida, donde llegan a regatear los precios y saben que la puntualidad es algo relativo.

Como hay dominicanos que te cuentan toda la historia de sus vidas sin preguntárselas, así también hay extranjeros que tienen la necesidad de ser escuchados y te cuentan las penurias que han pasados, como han llegado al país, los negocios y amores que han fracasados, en fin, un poquito de todo. Pero de las historias de vida que me han contado, la que siempre recuerdo es la de Frank (nombre ficticio), un europeo, belga si mal no recuerdo, de unos 70 y pico de años, baja estatura, simpático, casado con una siciliana de unos 50 y tantos, que ha residido en el país por más de 10 años y no ha regresado a su patria, ni siquiera para las pascuas.

Me cuenta Frank, que era un empresario maderero en un país africano, en una especie de aserradero donde exportaban maderas preciosas a todas partes del mundo y el era uno de los principales inversionistas de la compañía, hasta que se desató una guerra civil, hubo un golpe de estado, y los rebeldes se adueñaron del aserradero, los dueños fueron amenazados de muerte y prácticamente deportados hacia sus países, dejando abandonado el trabajo de décadas, perdiendo varios millones de dólares, y a duras penas pudo sacar lo que tenia en su casa. Regresando a su país parcialmente quebrado porque su dinero lo tenia invertido en la compañía, y haciendo esfuerzo para que por medio del ministro de exteriores de su país recuperar su empresa, sin tener éxito alguno.

Luego de agotar todos los procedimientos, se decidió a resignarse y continuar con su vida. Para fortuna nunca dejó de cotizar en la seguridad social de su país y cuando le tocó el tiempo de su jubilación, empezó a buscar un país donde vivir, se decidió por el nuestro y hoy en día vive aquí, y se mantiene del cheque de su pensión que le llega todos los meses . A veces me ha tocado brindarle servicios y me dice que no hay “Cuaito”, que no le han hecho la transferencia, pero como Frank es un buen cliente, no hay problema y le hacemos un “Fiao”. Como belga aplatanado hasta domina nuestra jerga.

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